3 noviembre
Concierto de abono día 3 de noviembre de 2011

CICLO PREMIUM: Día 03 de noviembre 2011

Lugar: Gran Teatro de Córdoba – 20:30 h.


 

 

I

Serenata para cuerdas..... A. DVORAK

 

II

Sinfonía nº 2...... R. SCHUMANN

 

 

 

ORQUESTA DE CÓRDOBA

Director: MANUEL HERNÁNDEZ SILVA

 

ANTONIN DVORÁK (1841 – 1904)

 

Compositor checo, uno de los principales compositores europeos del siglo XIX y junto a Bedrich Smetana, la figura más representativa de la escuela nacional checa de composición. Nació en Nelahozeves, un pequeño pueblo bohemio a 30 kilómetros al norte de Praga, el 8 de septiembre de 1841. De niño aprendió a tocar el violín y, a menudo, entretenía con él a los huéspedes del mesón de su padre Antonin Liehmann que le enseñó piano y órgano. Entre 1857 y 1859 estudió en la academia de órgano de Praga; más tarde se unió a la banda de concierto de Komzák y después formó parte de la orquesta del Teatro Nacional de Praga, entonces Teatro provisional (donde tocó bajo la batuta de Smetana). Su primer éxito lo obtuvo en 1873 con el estreno de la cantata Hymnus (Los herederos de la Montaña Blanca). En 1873 su fama se hizo internacional gracias a la publicación de la primera colección de danzas eslavas. En 1884 visitó por primera vez Gran Bretaña para dirigir su propia música (fue la primera de las nueve veces que visitó este país con tal propósito) y obtuvo un éxito inmediato; durante años, las sinfonías nos. 7 y 8, el Requiem y otras obras corales fueron encargadas para ser estrenadas en Gran Bretaña.

 

Entre 1892 y 1895, Dvorák fue director del National Conservatory of Music de Nueva York donde había ido invitado por la señora J. Thurber, fundadora de la institución. En Estados Unidos adquirió gran afición por los espirituales negros y la música propia de ese país. Dos de sus obras más famosas, la sinfonía nº 9 (Sinfonía del Nuevo Mundo) y el cuarteto en fa mayor, conocido como Cuarteto americano, las compuso en 1893, durante su estancia en los Estados Unidos; aunque estas obras no contienen temas del momento de la música negra o nativa del país, sí se aprecian melodías afines en estructura y espíritu a las anteriormente citadas. Regresó a Bohemia en 1895 y en 1901 fue nombrado director del conservatorio de Praga.

 

Sus primeras obras estaban influidas por la música del compositor austríaco Franz Schubert y del alemán Ludwig van Beethoven, y durante su carrera se basó en los trabajos del compositor alemán Richard Wagner, sobre todo en sus óperas, género al que dedicó todas sus energías los últimos años de su vida. No puede dejar de señalarse en sus obras la impronta de Johannes Brahms. También investigó la música folclórica checa y eslovaca y sus obras más maduras reflejan un profundo sentimiento nacionalista. Entre sus alumnos se encuentran los compositores checos Vítèzslav Novák y Josef Suk, yerno de Dvorák. Sus composiciones incluyen 9 sinfonías (1865-1893), obras para piano (entre ellas la conocida Humoresca de 1894), dos colecciones de danzas eslavas (1878 y 1886), para dos pianos (orquestadas más tarde por el propio compositor), las óperas Vanda (1875), Dimitri (1882), El jacobino (1887-1888), El diablo y Catalina (1888-1889), Rusalka (1901) y Armida (1902-1903) entre otros, varios poemas sinfónicos, música de cámara, oratorios, cantatas, misas, un concierto para piano y otro para violín. El Concierto para violonchelo en si menor opus 104 es una de las obras más espléndidas del repertorio romántico (1895). Dvorák murió el 1 de mayo de 1904 en Praga; el día de su funeral fue una jornada de luto en toda la región de Bohemia.

 

Serenata para cuerdas en Mi mayor, Op. 22

 

Estrenada en 1876 en Praga, la Serenata para cuerdas, Op. 22, de Dvorák, es una obra de honda evocación poética, escrita en cinco movimientos, y que resulta especialmente fecunda en una invención melódica muy sugerente y plástica.

 

A pesar de ser Dvorák uno de los fundadores de la escuela nacional checa, A. J. B. Hutchings sostiene que lo mejor de su producción no se encuentra en las obras basadas directamente en temas de su país sino en sinfonías y obras de cámara que «eran aceptablemente tradicionales, pero lo suficientemente diferentes de sus contrapartes alemanas como para considerarlas brillantemente originales». La Serenata fue compuesta por Dvorák durante mayo de 1875. André Lischké califica esta partitura como una «obra poética, intimista, de rica invención melódica». El Moderato inicial constituye una introducción llena de gracia. Sigue un Tempo di Valse bastante melancólico. El Scherzo, observa Lischké, es «moderado y flexible» y el Larghetto tiene ambiente de nocturno. Para concluir, el Finale recoge temas de los movimientos cuarto y primero. En esta obra Dvorák busca la unidad a través del principio cíclico.

 

Sinfonía nº 2 en Do mayor, Opus 61


Estrenada en la Gewandhaus de Leipzig, el 5 de noviembre de 1846, la Segunda sinfonía pertenece al período que los Schumann pasaron en Dresde, una etapa conflictiva en la que las depresiones del compositor ya hacían mella. Pero, en los períodos de exaltación, las ideas acudían a borbotones y racheadas. Una de las rachas sinfónicas de Schumann se dio entre 1845 y 1847: revisa la Obertura, Scherzo y Finale, completa el Concierto en La menor para piano y orquesta y escribe la Obertura de Genoveva y esta Sinfonía en Do que es una obra prototípica del talento de Schumann nacida tan desde dentro que si hubiera de escoger una sola página sinfónica para representar al músico, no existirían dudas en señalar al inefable “Adagio expresivo” que se sitúa como tercer movimiento, y que supone una auténtica cima de la belleza, del lirismo y de la efusividad romántica.

 

El referido Adagio es la página más amplia y el núcleo expresivo de una composición espléndidamente equilibrada. Tras el brío dramático del primer Allegro -que aparece precedido por una introducción lenta-, el Scherzo obra maravillas relajando la tensión acumulada y preparándonos para el mencionado Adagio. La Segunda sinfonía concluye con la dinamicidad y brillantez del “Allegro molto vivace” en el que volveremos a escuchar la imperiosa llamada del comienzo de la obra, un tema que, al reaparecer en varios momentos de la partitura, aun con distintas fisonomías y funciones expresivas, otorga al todo una admirable unidad.

 

Cronológicamente, ésta es la tercera de las sinfonías de su autor. Efectivamente fue esbozada en diciembre de 1845, una vez que acabó con el Concierto para piano, y terminada durante el año siguiente, cuando ya se manifestaban los primeros síntomas de la fatal enfermedad del compositor. “Puede decir sin duda que es la resistencia del espíritu lo que aquí se manifiesta y que he intentado luchar contra mi estado de salud…” Una obra, pues, del dolor y la victoria sobre sí mismo, de ahí la tonalidad general de esta sinfonía, lo patético inclinado a veces a la resignación, otras a la expresión de una alegría bastante exterior. Tiene algunos puntos comunes con la Primera sinfonía: una y otra comienzan con un lento preámbulo que prefigura la temática de la obra; una y otra poseen un Scherzo con dos tríos. Pero más aún que en la Primera sinfonía, los lazos y encadenamientos temáticos entre los diversos movimientos denuncian un deseo de rigor y de cohesión en la construcción. La primera audición de la Segunda sinfonía (que fue dedicada al rey Oscar I de Noruega y de Suecia) tuvo lugar en Leipzig el 5 de noviembre de 1846.

 
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