| Concierto de Abono 26 enero |
CICLO PREMIUM: Día 26 de enero 2012
Lugar: Gran Teatro de Córdoba – 20:30 h.
I Fidelio, obertura.... L. v. BEETHOVEN Concierto para violín y orquesta..... P. I. CHAIKOVSKY
Solista: ISEL RODRÍGUEZ TRUJILLO, violín II Sinfonía nº 5... L. v. BEETHOVEN
ORQUESTA DE CÓRDOBA Director: MANUEL HERNÁNDEZ SILVA
Fidelio, obertura - L. v. BEETHOVEN
Fidelio o el amor conyugal (título original en alemán, Fidelio oder die eheliche Liebe, Op. 72) es una ópera en dos actos con música de Ludwig van Beethoven. Es la única ópera que compuso Beethoven. La ópera cuenta cómo Leonora, disfrazada como un guardia de la prisión llamado "Fidelio", rescata a su marido Florestán de la condena de muerte por razones políticas.
Fidelio corresponde a la segunda etapa en la carrera de su autor, siendo una de sus obras más representativas, en donde mostró especial interés en retratar y enfatizar el heroísmo. Resultó muy trabajoso para Beethoven producir una obertura apropiada para Fidelio, y finalmente la concretó a través de 4 versiones.
Su primer tentativa, para la premiere de 1805, se cree ha sido la obertura hoy conocida como Leonora nº 2. Luego corrigió esta versión para las representaciones de 1806, creando Leonora nº 3. Esta última es considerada por muchos oyentes como la mejor de las cuatro oberturas, pero, como un intensamente dramático y dinámico movimiento sinfónico, tuvo el defecto de abrumar las escenas iniciales de la ópera. Beethoven, por consiguiente, decide reformarla una vez más para una representación planeada en 1807 en Praga; ésta es la hoy día llamada Leonora nº 1.
Finalmente, para la presentación de 1814, Beethoven comienza de nuevo, y con material musical fresco escribió la que hoy es conocida como la obertura de Fidelio o Leonora nº 4. Como ésta parece funcionar mejor que las anteriores al principio de la ópera, la intención final de Beethoven es generalmente respetada en las producciones contemporáneas.
Concierto para violín y orquesta Op. 35. Piotr Ilych Chaikovski (1840-1893)
Después de Beethoven, una gran parte de la literatura concertante cayó en el nivel de piezas concebidas para la mera exhibición instrumental del intérprete, con una intención casi exclusiva de asombrar al público mediante el virtuosismo de éste, quien en muchas ocasiones era el propio compositor. Quizás un ejemplo paradigmático de dicha práctica lo encontremos en el mítico Paganini y la enorme influencia que su estilo y su propia práctica concertística ejercieron en muchos compositores románticos. En realidad, se trataba de una expresión grandilocuente de esa mitificación del virtuosismo que acontece en la centuria decimonónica, y que tiene preclaros exponentes en figuras del calibre de Liszt, Thalberg, Anton Rubinstein, Wienawski o, ya a caballo con el nuevo siglo, pero en dicha órbita técnico-estilística, Sergei Rachmaninov o Pablo Sarasate, entre otras.
No obstante tal tendencia exaltadora del fenómeno virtuosístico, hubo muchos compositores de primera fila que acertaron al compatibilizar las demandas de los grandes solistas de su época con una forma de composición respetuosa con el rol de la orquesta y sensible al verdadero espíritu concertante del género concertante, es decir, una relación dialogística y equilibrada entre el papel del solista y el tutti orquestal. Piotr Ilych Chaikovski fue uno de ellos. Lo logró en sus conciertos para piano e igualmente en el no menos hermoso Concierto para violín. Quizás ello explica su poder de permanencia. Los intérpretes adoran este concierto y el público de cualquier parte del mundo siempre lo recibe con sumo placer. Y es que la belleza de sus melodías, el color orquestal de la partitura y la manera de relacionar la parte solista con la orquesta resultan admirables. De ahí, que se cuente entre las obras maestras del género, junto a los conciertos de Beethoven, Mendelsshon o Brahms.
Por cierto, no está de más resaltar un hecho común a todas estas obras emblemáticas del mejor repertorio para violín y orquesta. Y es que, a diferencia de lo que ocurre con los grandes conciertos pianísticos, obra por lo general de espléndidos pianistas (desde Mozart a Rachmaninov), los conciertos para violín y orquesta de mayor perdurabilidad en el repertorio no proceden de toda esa pléyade de violinistas-compositores, tales como Paganini, Vieuxtemps, Sarasate, Joachim o Wienawski, sino de autores cuya vinculación con este instrumento fue más afectiva que real. Porque, aunque aquellos contribuyeron a engrandecer sobremanera la literatura concertística volinística y, por añadidura, evolucionaron la técnica del instrumento, lo cierto es que las mejores obras salieron de la pluma de Beethoven, Brahms, Chaicovski o Prokofiev, eximios maestros por demás en los más diversos géneros y formas.
No ha de extrañar, por tanto, que el de Chaikovski pertenezca, sin duda, a esta categoría superior: no sólo es un maravilloso monumento al violín, sino una obra colosal, extraordinariamente representativa del arte del músico ruso y muy significativa dentro del repertorio concertante universal. Con todo, su alumbramiento no estuvo exento de dificultades: intérpretes que lo consideraban imposible de ejecutar, críticos que no lo entendían... Hasta Eduard Hanslick, teórico de amplísima formación, se mostró poco receptivo con la obra, opinando que "ya no se toca el violín; más bien se le dan tirones, se rompe en pedazos y se le deja lleno de cardenales". Desafortunada invectiva, que sólo podría disculparse en una personalidad de su talla, recordando que un año antes al del ruso, se había estrenado el de Brahms, también en la tonalidad de re mayor, aunque ciertamente con unas hechuras formales y estilísticas muy diferentes de las de aquél, y más acordes con el pensamiento del célebre crítico vienés.
Y la verdad es que, luego de que el compositor lo escribiera, habrían de pasar tres años para que la obra de Chaikovski viese la luz. Y es que tanto el famoso Leopold Auer, primer dedicatario del concierto, como Joseph Kotek, quien dio valiosos consejos al compositor sobre la parte solista, rechazaron el ofrecimiento de estrenarla por considerarla demasiado difícil. Tuvo que ser el joven virtuoso Adolf Brodski, quien, por fin, se atreviera a interpretarla en público, estrenándola en Viena, el 8 de diciembre de 1881, bajo la dirección del célebre Hans Richter.
La obra data pues de un período vital de notable relevancia en la biografía del compositor ruso; período lleno de contrastes, en el que se superpone el amargo recuerdo de su fracasado matrimonio con Antonina Milukova, y el inicio de su singular relación epistolar con Nadejda von Von Meck; y todo ello, en un contexto de enorme fertilidad y excelencia musical, como lo demuestran las formidables composiciones que ven la luz en los últimos años setenta: la Cuarta sinfonía, el ballet El lago de los cisnes, la ópera Eugene Oneguin, el poema sinfónico Francesca da Rimini o el celebérrimo Concierto en si bemol menor para piano y orquesta, entre otras.
Sinfonia nº 5, op. 67. Ludwig van Beethoven (1770-1827)
Si el Emperador tiene una alta significación en la literatura pianística y constituye una de las obras más emblemáticas de Beethoven, no menos puede decirse de la Sinfonía op.67, la Quinta por excelencia. En efecto, no sólo es una de las más grandes sinfonías jamás escritas, sino que además resume, con asombrosa claridad y como pocas otras composiciones suyas, el pensamiento musical de Beethoven. Y ello, gracias a la gran riqueza temática que encierran sus páginas, el absoluto dominio de los procedimientos constructivos y formales que demuestra en ella el compositor, la extraordinaria habilidad compositiva que se refleja en la construcción de los desarrollos, la fuerza de los contrastes dinámicos, el uso de los crescendi y la maestría en la orquestación. Por todo lo cual, se explica la inmensa fascinación que esta obra ejerció en los románticos e incluso en los contemporáneos del compositor. Así, el poeta Ernst Theodor Amadeus Hoffmann escribió en 1810: “Beethoven lleva profundamente en su interior el romanticismo de la música (...). Pero nunca lo siento de una manera tan viva como en esta sinfonía, pues, en un crescendo que se va intensificando hasta el fin, desarrolla Beethoven el romanticismo en mayor medida que ninguna de sus obras, arrastrando al oyente de forma irresistible hasta el maravilloso mundo de los espíritus del infinito”.
La misma génesis de esta obra maestra llama poderosamente la atención. Y es que, pese a que en los primeros meses de 1804 (afectado ya por una sordera incipiente), el compositor había esbozado los dos primeros movimientos, realizando numerosos apuntes y correcciones de los mismos, el caso es que dejó a un lado su composición (decisión tomada por razones que se desconocen), en favor de otra, de caracteres muy diferentes a aquélla; la que sería su cuarta sinfonía, más desenfadada, alegre y jovial que la anterior Eroica y que la que había tenido entre manos en 1804. Por lo que no fue hasta la terminación de la cuarta sinfonía, en el verano de 1806, cuando Beethoven abordó definitivamente la composición de la Quinta, con la que aflora de nuevo el ímpetu y la grandiosidad retórica enunciadas en la Eroica, sinfonía con la que la Quinta comparte un marcado carácter heroico y una clara presencia de los rasgos más típicamente beethovenianos: perfil de música absoluta, monumentalidad formal, fuerza de los contrastes, personalidad de cada tema y cada movimiento, ejemplaridad estructural...
De ahí que pronto se convirtiese en la más popular de todas las sinfonías de Beethoven, y a buen seguro también de la historia musical. Y es que ya desde su enérgico comienzo, la obra es tremendamente impactante. Una inquietante llamada, formulada con tres corcheas y una negra, célula rítmica de extraña seducción ("llamada del destino", en palabras del autor a Schindler), sirve a Beethoven para construir un grandioso y, a la vez, conciso y minuciosamente elaborado primer movimiento, al que le siguen un Andante con moto en forma de variaciones, un pavoroso Scherzo, y un allegro final apoteósico y triunfante. En suma, una obra sublime y, como ya se ha dicho, de extraordinaria influencia en el sinfonismo posterior.
Cronológicamente, se inserta en un momento muy interesante de la vida del compositor alemán (cuando todavía no se han apagado los ecos del Testamento de Heiligenstadt, elocuente testimonio de la honda crisis personal vivida en 1802) y en plena ebullición de su talento creador. Así, coetáneas a la Quinta son la Sinfonía Pastoral (esc rita simultáneamente a la anterior, cosa muy frecuente en Beethoven), el Concierto para piano y orquesta en sol mayor op.58, los tres Cuartetos Razumovski op.59 y el Concierto para violín op.61, entre otras obras importantes del genio de Bonn. Dedicada al príncipe Lobkowitz y al conde Razumovski (curiosa singularidad, esta doble dedicatoria), tuvo su primera audición en el famoso concierto celebrado en Viena (Theater an der Wien) el 22 de diciembre de 1808, dirigido por el propio Beethoven y en el que también vieron la luz la Pastoral y el Concierto en sol mayor, obra ésta en la que el compositor tocó en público como solista por última vez. |
